Planetas Inventados: Solaris, la máquina plasmática

Aprovechamos que se cumplen cuarenta años del estreno de la mítica película de Andrei Tarkowsky “Solaris” para comenzar una serie dedicada a los Planetas de Ficción. Escritores, dibujantes y cineastas han dado rienda suelta a su imaginación para inventar planetas con sus correspondientes condiciones astronómicas, ambientales, flora y fauna, civilizaciones, religiones y sistemas políticos de toda índole.

Empezamos por uno de los más inquietantes, el Planeta Océano que se inventó Stanislaw Lem en su magistral novela “Solaris”. Para esta primera presentación he elegido un extracto del estupendo artículo aparecido en la red llamado “Planetas de Ciencia Ficción” de Miquel Barceló García del Dpto. de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Politécnica de Cataluña.

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Recreación del planeta Solaris de Rubén Díaz de Corcuera

Planetas inventados: la imaginación desbordada

A veces los autores de ciencia ficción imaginan cosas francamente sorprendentes. A mediados de la década de los cincuenta, un astrónomo famoso, Fred Hoyle, especuló novelísticamente con la idea de lo que pudiera ocurrir si una masa de materia interestelar pudiera llegar a estar dotada de inteligencia. La idea que Hoyle planteó en La Nube Negra (1957), fue retomada recientemente por otro autor de ciencia ficción, el veterano Frederik Pohl, en El Mundo al Final del Tiempo (1990).

Otra idea un tanto paradójica, y no menos sorprendente, es la de imaginar una mente única a nivel planetario. Uno de los mejores ejemplos de ello es el descrito en Solaris (1961), la magistral novela de Stanislaw Lem que, diez años después, dio lugar a una dilatada y reflexiva versión cinematográfica dirigida por Andrei Tarkovski y mucho después, otra, estadounidense esta vez, protagonizada por George Clooney. Y conviene destacar que la novela de Lem se escribió incluso antes de la hipótesis Gaia de James Lovelock, quien ve también a nuestro propio planeta como un descomunal organismo vivo, un todo viviente, coherente, autorregulador y autocambiante, sometido a las reglas de la homoestasis.

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Imagen de la película ‘Solaris’ (2002) de Steven Soderbergh

Solaris es un curioso planeta que orbita entre dos soles, uno rojo y otro azul. Es evidente que tal supuesto es arriesgado. Sabemos que, en esas condiciones, la órbita no puede ser estable y que, tarde o temprano, el planeta será engullido por uno de los dos soles. Pero, nos cuenta Lem, eso no ocurre con Solaris. Milagrosamente la órbita permanece estable y lo lógico es suponer que algo o alguien colabora a ese hecho insólito según la mecánica celeste.

Solaris es un planeta cuyo diámetro sobrepasa en un quinto el diámetro de la Tierra, pero que dispone de una masa varias veces inferior a la de nuestro planeta. La superficie de Solaris está cubierta por un océano tachonado de innumerables islas, a modo de altiplanicies. Pero todas esas islas suman una superficie que es incluso inferior a la de Europa. Se trata, evidentemente, de un mundo acuático.

En la hipótesis de Lem, ese océano es una formación orgánica, una entidad compleja que viene a representar toda la vida existente en Solaris: un único habitante pero gigantesco. Una vida que parece haber evolucionado no sólo para adaptarse al medio, sino para dominarlo. Efectivamente: la razón última de la imposible estabilidad del planeta parece residir en ese océano al que los físicos, sin por ello asignarle la categoría de ser vivo, han denominado “máquina plasmática” por haber encontrado cierta relación entre los procesos que tienen lugar en ese océano y el potencial de gravitación medido localmente. La estabilidad de la órbita se explica en cierta forma a expensas de generar un misterio mucho mayor.

Tanto la novela como las versiones cinematográficas, parecen orientadas a sugerir los inevitables límites del ser humano y de su capacidad de comprender lo intrínsecamente distinto. En realidad, SOLARIS viene a ser un caso extremo de “contacto con inteligencias extraterrestres” (otro tema especulativo muy propio de la ciencia ficción) y, en el fondo, una reflexión que bordea la metafísica en torno a si existe o no una verdad absoluta. Inevitablemente seres tan distintos como ese océano, y el humano protagonista, parecen condenados a no comprenderse.

Lem imagina, consecuentemente, una nueva ciencia, la “solarística” construida en torno a las raras experiencias que surgen en un mundo como Solaris donde incluso las mediciones de los aparatos electrónicos muestran una actividad fantástica agravada por el hecho de que esas mediciones nunca resultan ser repetibles. Posiblemente la interacción de ese misterioso océano altera los datos y amenaza incluso a un hecho capital en la ciencia observacional moderna: la postulada capacidad de poder repetir los experimentos. Un postulado que, simplemente, no se da en Solaris, lo que, implícitamente, deja en mal lugar a la ciencia como herramienta última de conocimiento. La “solarística” empieza a alzarse como una nueva fe disfrazada de aspectos científicos, como una posible nueva religión de la era cósmica.

De una arriesgada hipótesis planetaria, Lem extrae como consecuencia un interesado análisis de los límites propios del ser humano. Límites individuales cuando las mentes de los protagonistas rehusan aceptar sus creaciones mentales que parecen haberse convertido en reales en Solaris; y límites como especie incapaz de superar las barreras del propio antropocentrismo. La comprensión de la inteligencia alienígena resulta imposible al margen de nuestro propio marco de referencia cultural y filosófico, evidentemente limitado.

Fuente: http://campus.usal.es/~geozona/planetas/edicion2004/Barcelo.PDF

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About Denorio

Soy de Sevilla, me gusta mucho Star Trek en todas sus versiones. Además de ir de cervezas y tapas, en mi tiempo libre disfruto mucho de la literatura universal, el cine y la música clásica, también me gustan mucho la música electrónica y la disco. Me encanta el cine de superhéroes; mi preferido es Superman, aunque John Carter ocupa un sitito en mi corazón.

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